Desde hace varios años escuchamos
hablar de crisis del sistema educativo
colombiano, situación altamente mediatizada tras los decepcionantes resultados
en las pruebas SABER propuestas por el ICFES y ocupar los últimos puestos en
pruebas internacionales de educación del Programa de Evaluación Internacional
de Estudiantes-PISA, que lleva a cabo la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económico-OCDE.
En 2014 los estudiantes de colegio de
Colombia obtuvieron 379 puntos lo que los situó en el último lugar de la tabla
de los países evaluados.
Esta situación evidencia que a pesar
de las buenas intenciones del plan de desarrollo 2010-2014 y tras una inversión
de más de 116 billones de pesos durante este periodo, los resultados comparados
con 2009 demuestran una regresión al bajar 10 puestos en dicha clasificación y
situarnos como el país que más retrocedió en este aspecto.
Esta gran preocupación, aparte de costar una
cartera publica, ha redefinido el
horizonte para los planteles educativos que ya no apuestan solo a la
clasificación “muy superior” a la que los tenía acostumbrados el ICFES y para
las que ya habían desarrollado estrategias como filtrar los estudiantes para
obtener mejor promedio; ahora aparte de cumplir con los estándares para áreas
como las matemáticas, ciencias o lectura; se deben desarrollar competencias para resolver problemas concretos de la vida
cotidiana.
Sin ánimos de pecar de nacionalista o
desvirtuar la prueba PISA el primer interrogante que me llega a la mente es
cómo evalúa dicha prueba la capacidad de resolver problemas que no son los
mismos en los diferentes países pues la cotidianidad impone diversas vicisitudes
en los diferentes hemisferios.
Más allá de querer demostrar estar a la altura
de los estándares internacionales,
debemos darle respuesta a problemas estructurales pensando sobre ¿Qué
nos tiene sumidos en dicha crisis? ¿Por qué a pesar de la gran inversión en
educación seguimos observando estos resultados?
Se ha intentado resolver el problema
aumentando la inversión en tecnología colocando a disposición de los colegios
dispositivos tecnológicos, aplicaciones educativas, incluso creando material
didáctico para ser usado en los diferentes aulas del país.
De igual manera se ha pretendido flexibilizar
los currículos, dejando a libre albedrio de los planteles educativos la
decisión sobre el modelo educativo que quieren
implementar en su PEI incluso ensayando diversos modelos pedagógicos en las últimas décadas.
Aun así la crisis persiste: sigue
evidenciándose una muy poca actitud hacia el estudio, que se evidencia
posteriormente en débil aptitud de los estudiantes colombianos.
Vemos incluso poca motivación en los docentes,
que no cuentan con suficientes plazas, ni con condiciones laborales decentes, con poco u
obsoleto material de trabajo a su disposición, con clases atiborradas de estudiantes con quienes trabajar pero sobre todo
con un sinnúmero de conflictos sociales y culturales que sortear.
Estos incluso han dejado de ver la
capacitación y actualización de saberes y saber hacer; como fuente para
repensar su ejercicio docente, y la ven más como un medio para subir de escalafón.
Michael Apple aporta luces en la identificación del origen
de la crisis al evidenciarse la práctica
de una política educativa que prolonga una tradición selectiva, legitimiza y reproduce el
capital educativo y cultural en el país.
Bajo nuestro sistema evidentemente capitalista-cognitivo
notamos que:
-
La
educación pública es cada vez más escasa
-
La
privada se hace financieramente inaccesible a la mayor parte de la población
que solo puede acceder por mérito y bajo la modalidad de beca-préstamo condicionada
al rendimiento académico.
-
Se
sigue privilegiando un manejo centralista de la educación
-
Se
desvirtúan las necesidades de desarrollo local y regional
-
Se
disponen partidas presupuestarias más altas para las grandes ciudades y poco en
las regiones
-
Se
destina muy poco presupuesto a las minorías sociales y la población
discapacitada
La brecha que existe entre la educación
pública y privada proviene entonces de la austeridad en el gasto público en
educación y el laxismo con las entidades privadas que pueden siempre justificar
los altos costos educativos.
Este círculo vicioso no hace sino poner de
relieve lo que Sylvia Schmelkes plantea al
señalar que “el servicio educativo es una necesidad de la clase dominante para
reproducir las condiciones que la mantienen en el poder”
Así la educación-poder, pareja indisoluble, se
constituye en una herramienta de estado que fortalece la oligarquía al hacer
del conocimiento un capital cada vez menos accesible en el caso público, y de
menor calidad comparado con el privado.
Pero, ¿Qué alternativa tomar frente a este triste
panorama?
Para resolver el problema estructural debemos
empezar por entender la diferencia que hay entre educación entendida como
praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo
(Freire-1994) y concepto de escolarización, ya que indiscutiblemente los
procesos de escolarización en Colombia no están siendo educativos.
La educación es el producto de la interacción
entre el educador y el educado. Esta relación debe ser replanteada al ver que
el estudiante no está aprendiendo según lo que se espera, citando a F.
Alvarez-Urria (1992) en su microfísica de la escuela, la transmisión de una
verdad no tiene como función dotar a un sujeto de actitudes o saberes , sino
modificar el modo de ser de dicho sujeto.
En este sentido, debemos ser más realistas
respecto a los estándares que definen la competencia de nuestros estudiantes, y
tratar de abrirles camino en la transformación de su ser más que en
atiborrarlos de conocimientos.
Deberíamos abordar la racionalidad, como propone
W. Carr, permitiendo que los entes educativos mejoren su práctica para y por
ellos mismos: nuestros docentes deben entender porque, como, para qué y para
quien enseñan. Ya no se trata de abordar contenidos, su labor no es un
compromiso con la autoridad educativa sino con el estudiante pues finalmente
las autoridades educativas hacen menos parte de su realidad que sus estudiantes.
Sin embargo, nuestra tendencia natural a
valorar siempre más lo que viene de afuera que lo propio, al parecer impresa en
nuestro código genético desde la llegada de los españoles que nos cambiaban oro
por espejos rotos, no hace sino atizar nuestra crisis interna.
Con el cambio de política educativa de cada
plan nacional de desarrollo (tendencia histórica de los presidentes en su afán
por dejar su marca personal en los anales de la historia colombiana) tendemos a
renovar o sustituir modelos pedagógicos sin tener el tiempo suficiente para
asimilar las bondades del anterior y esto se traduce muchas veces en un
caos difícil de entender para rectores,
docentes y estudiantes.
El gobierno central impone un modelo
pedagógico idéntico para todo el país, sin tener en cuenta la diversidad
cultural. Pretende que paisas, llaneros, costeños, boyacenses etc. aprendamos
lo mismo y de la misma forma, incluso si las necesidades de desarrollo de cada región son diferentes. Más que la
búsqueda de la uniformidad se trata de buscar la conexión entre subculturas (Félix
Guattari)
Hay que replantear que y como se está
enseñando sobre todo en estos momentos de crisis, ponernos en estado de
subversión vista como la plantea Guattari “siempre más interesante como un deseo
que como un resentimiento”. Hay que ser subversivos, hay que revalorar las
antiguas teorías, hay que rediseñarlas, no desecharlas sino hacerlas
realizables. El currículo debe ser más activo, más consecuente con nuestra
realidad.
Para ilustrar el caso del caribe colombiano,
se dice a menudo que sus habitantes no somos constantes, ni cumplidos, que nos
es difícil adaptarnos a las rutinas serias que exige la productividad, en fin
que no somos como los asiáticos.
Puede que esto sea cierto, pero volvemos al
dilema de las ciencias exactas que son más valoradas que las sociales: es que acaso
la creatividad, la innovación y el ingenio ¿No son saberes tan o más
importantes como los lógicos y científicos?
Los caribeños tenemos una manera de ver el
mundo algo diferente: somos visuales, auditivos, somos sensoriales. Aprendemos
más por la lógica natural que por la abstracción, más por la asociación que por la repetición. Tal vez por eso nos destacamos mucho más en las
ciencias sociales, la política y las
artes.
Nos gusta filosofar, tenemos un profundo
arraigo con la historia, somos más dados a compartir conocimientos y enriquecernos
con la interacción con otros sujetos, que a atesorar descubrimientos y leyes como lo hacen los científicos de las ciencias
exactas.
Los estándares priorizados por la
mundialización están más basados en la sistematización, la expectativa del
orden económico mundial es robotizar la producción desde los países en vía de
desarrollo donde la mano de obra se ve más barata. Tal vez por eso Bogotá y
Medellín se adaptan más a dichas expectativas y no las regiones.
Sin embargo para poder transformar el quehacer
pedagógico y generar una revolución educativa, “No hay otra elección que comprometerse” (
Michael Apple) debemos apostarle al
fomento de talento e innovación, crear más establecimientos educativos y
programas coherentes con esta necesidad, apreciar la diferenciación, la
diversidad y concertar un modelo pedagógico particular a cada región que
permita el uso pleno potencial humano de su gente como vía para el desarrollo.
Se ven luces de esperanza al ver que por
primera vez en muchos años el gobierno nacional destinará a la educación el
rubro de mayor peso en el presupuesto nacional de 2015: con 28,9 billones de
pesos de los cuales 4 billones destinados a inversión en educación.
Las reuniones sostenidas en 2014 entre
Ministerio de Educación Nacional y las diferentes autoridades educativas
locales y regionales son también buen signo en el camino hacia una pedagogía
concertada y participativa, quedamos a la espera del nuevo plan de desarrollo
para 2015-2019.
Si bien es cierto que la educación ni compensa
las desigualdades, ni integra las clases, ni el pleno desarrollo del individuo
humano, es más una política de igualdad dentro de las escuelas, cuando la gente
se compromete con los valores de la buena educación se compromete con la
democracia (S.Kemmis-1992)
Que mejor momento para la concertación de una
revolución del modelo educativo que la
coyuntura actual en la cual se empieza a vislumbrar la paz para el país, más
que nunca se justifica una re educación para la alteridad, para la integración
y la sana convivencia como camino para la paz y darle solución estructural a
los problemas de los últimos decenios.
BIBLIOGRAFIA
-
Alvarez-Uría, F. (1992): «Microfísica de la escuela", Cuadernos de
Pedagogía, 203, mayo, p. 59.
-
Apple, M.W. (1996): El conocimiento oficial. La educación democrática en una era conservadora, Barcelona: Paidós.
-
Carr, W. (1990): Hacia una ciencia crítica de la educación, Barcelona:
Laertes.
-
Kemmis, S. (1989): Teoría crítica de la enseñanza, Barcelona: Martinez
Roca.
-
Freire, P. (1974): La educación como práctica de la libertad, México:
Siglo XXl 15: edición).
-
Willis. P. (1988): Aprendiendo a trabajar, Madrid: Akal.
-
Plan de desarrollo 2014- DNP
-
Informes de ejecución presupuestal. Ministerio de educación Nacional. http://www.mineducacion.gov.co/1621/w3-propertyvalue-38139.html
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